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Cuando se convierte en su propio crítico: qué nos están diciendo y cómo acompañarlos

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Cuando un niño se lastima con sus propias palabras, por que lo hacen y cómo acompañarlos

Algunas veces, un niño falla una sola pregunta en un examen y dice: “Soy pésimo para matemáticas”. O pierde un juego de mesa, rompe en llanto y se niega a volver a jugar.  O intenta dibujar algo, no le sale como esperaba, y termina rayándolo todo mientras murmura: “No puedo hacer nada bien”.

Y el adulto queda ahí, atrapado entre el deseo de consolarlo y la tentación de decirle: “No es para tanto, lo estás haciendo bien, ¿por qué eres tan duro contigo mismo?” Pero nada de eso parece funcionar. Las palabras de ánimo no llegan, la lógica no hace efecto y la espiral continúa, a veces por minutos, otras por el resto de la noche.

Este fenómeno ha sido ampliamente descrito por Marko Juhant, parenting coach y autor bestseller, quien tras décadas de trabajo con niños explica que cuando un niño es implacable consigo mismo no está buscando atención. En realidad, está comunicando algo muy profundo sobre cómo experimenta el mundo.

Según Juhant, los niños que se critican con dureza suelen haber aprendido, en algún momento, que su valor está ligado a su desempeño. Han interiorizado la idea de que los errores no son solo errores, sino pruebas de que hay algo malo en ellos. Así, cada pequeño fallo se convierte en un veredicto y cada tropiezo, en una confirmación.

A veces este patrón nace de la presión escolar. Otras, de elogios bien intencionados que, sin querer, les enseñaron que solo son dignos de amor cuando tienen éxito. En muchos casos también se origina al observar a los adultos —especialmente a sus padres— hablarse con dureza frente a ellos sin darse cuenta.  Y en otros, simplemente tiene que ver con el temperamento: hay niños que sienten todo con más intensidad, incluida la frustración.

Como señala Juhant, estos niños no son perfeccionistas porque se crean mejores que los demás.  Lo son porque tienen miedo de no ser suficientes.  La voz dura que escuchan en su interior no es confianza, es miedo disfrazado de exigencia.

Entonces, ¿qué pueden hacer los padres cuando su hijo entra en una espiral de autocrítica?

1. Resistir la urgencia de discutir con el pensamiento.
Cuando el niño dice “Soy muy tonto”, el impulso natural es responder “No, no lo eres, eres muy inteligente”. Sin embargo, Juhant explica que esto suele empeorar la situación, porque el niño siente que no están comprendiendo lo mal que se siente, sino intentando corregirlo.

2. Reflejar la emoción que hay debajo.
Frases como “Parece que estás muy frustrado contigo ahora mismo” ayudan a poner nombre a la emoción sin pelear con el pensamiento. Transmiten un mensaje poderoso: te veo, no me asusta lo que sientes y puedo acompañarte en esto.

3. Separar el error de la identidad.
Por ejemplo: “Te equivocaste en esa pregunta, eso no significa que seas malo en esto, solo que era difícil”.
O: “Perdiste el juego, eso no te convierte en un perdedor, solo en alguien que jugó”.
Con el tiempo, estos pequeños cambios enseñan una habilidad clave: aprender a atravesar el error sin convertirse en el error.

4. Modelar la propia imperfección en voz alta.
Juhant recomienda que los niños escuchen a los adultos decir cosas como: “Se me quemó el pan… bueno, no fue mi mejor momento”, y seguir adelante sin dramatizar. Así aprenden que los errores son tolerables y que la vida continúa.

Un punto importante que destaca el autor es que muchos padres se equivocan al sobre-asegurar: llenar al niño de elogios, recordarle todos sus logros o decir “pero si eres bueno en todo”. Aunque nace del amor, esto puede transmitir sin querer que el adulto no tolera el dolor emocional del niño.

  • A veces, el niño no necesita que lo convenzan de dejar de sentir.
  • Necesita permiso para sentir… y descubrir que ese sentimiento pasa.
  • Que sigue siendo amado después.
  • Que un mal dibujo no borra los diez buenos.
  • Que perder no significa que no deba volver a jugar.

Con el tiempo, lo que cambia no es la sensibilidad —muchas veces es parte de quiénes son—, sino la capacidad de sostener la decepción sin ahogarse en ella, tal como lo explica Marko Juhant en su trabajo sobre crianza consciente y regulación emocional infantil.

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